Pagina 12 El odio también es una fe.

por Liliana Mizrahi

La triste y completa confusión de nuestra época se convirtió en tragedia otra vez. Ante las versiones de horror de la AMIA destruida pienso: ésta es la realidad que vivimos y son inútiles y peligrosos todos los esfuerzos para escapar del presente. El miedo mistifica todo.

La dolorosa conciencia de la continuidad ininterrumpida de persecuciones, expulsiones y matanzas de judíos desde hace más de cinco mil años me remiten a reflexionar una vez más sobre el antisemitismo e intentar comprender este mundo contemporáneo que diversifica y multiplica el tipo de seres lentamente despojados y también condenados al exterminio. Esta realidad global que es demasiado dramática sería fantasmagórica si no fuera trágica.

La pasión antisemita, si bien es una realidad concreta y puntual, no se puede circunscribir de modo excluyente a los judíos. El antisemitismo es una actitud global con respecto a la humanidad en su totalidad. El antisemitismo es una metáfora del miedo original a la propia condición humana que se expresa en una hostilidad, infinita al otro como diferente. Judío, negro, homosexual… Se trata del miedo a sí mismo, a la intimidad de la propia conciencia, a la soledad, a los propios instintos, a la verdad, al cambio, a la sociedad, a la intimidad, a la realidad, en definitiva a la vida. El antisemita deposita ese miedo en el Judío y de allí en más su existencia le es imprescindible.

De ese modo expresa su sádica atracción, que algunos resuelven rodeándose de "amigos judíos" con lo cual encubren su desprecio por el judío como pueblo y como comunidad histórica El judío es tan sagrado para el antisemita como son los intocables en la India o los malditos por algún tabú. Desde un pensamiento humillado que teme las palabras y obstruye las razones, con opiniones innatas y no conquistadas, donde la reflexión y la búsqueda permanecen impermeables a la realidad de cualquier experiencia, el antisemitismo construye una concepción de la vida, del mundo y del otro. Se trata de un sistema de pensamiento nutrido en la pereza espiritual que sostiene una cosmovisión primitiva, regresiva y pre-lógica.

El antisemitismo es la expresión de una estructura perversa permanente, primitiva y ciega que subsiste larvada en la sociedad y la pátina de los siglos ha convertido en legal o casi normal.

Una moral de valores petrificados que intenta probar que el judío es un paria, que está fuera de lugar y no pertenece. Su patria es su exilio. Desde esa posición el antisemita se procura el placer incalculable de tratar al judío como ser inferior y maléfico, ante él y desde su propia e irremediable miseria, se constituye como sujeto afirmando una superioridad dada que ilusoriamente lo integra a una elite aristocrática que supone que el Bien ya les ha sido graciosamente concedido. El antisemita no comprende la vida ni el mundo, incapaz de concebir un proyecto constructivo vive en la frecuencia de la pasión y busca porque necesita la presencia del mal.

Atrincherado en la interpretación arbitraria de los hechos históricos pone el acento en la destrucción. El odio también es una fe. Para la doctrina antisemita el mandarniento supremo es ‘TÜ matarás". Decía Sartre: "Si el judío no existiera el antisemita lo inventaría".

La tragedia de la AMIA no puede quedar recortada de la realidad de Ruanda, de Bosnia, de las dictaduras civiles o militares y de tantas otras matanzas que van acompañadas de la indigencia ética propia de nuestra época. El violento egoísmo y el materialismo desprovisto de intuición que pone de manifiesto la potencialidad destructiva del ser humano.

Si bien los problemas manifiestos que acosan a la humanidad son económicos y políticos y deben reso1verse como tales de fondo el tema es moral y metafísico.

Embriagados en una ética del bienestar material, en la carrera del poder y la lucha por el predominio sumergidos en el caos de los intereses individuales, el amor a la velocidad, la idealización de la tecnología, en un mundo de leyes morales destrozadas está de moda ser frívolo, superficial y cínico.

El aturdimiento y la fascinación de los medios hipnotizan y anestesian y permitimos que la estupidez y la corrupción sean nuestro fuerte. Perdemos sustento interior y se pone de manifiesto el quiebre desolador de toda convivencia, el aislamiento y la indiferencia social, la división antagónica, de pasiones, las luchas individuales, la banalización del mal.

Lo siniestro que fluía en silencio y creíamos fantástico, en tanto propio de la ficción, se manifiesta real y nos damos cuenta que es parte de cosas que nos son familiares.

Hemos logrado más información pero menos sabiduría, más franqueza pero menos bondad.

Y cuando tantas cosas se derrumban, la destructiva zozobra que nos somete a una crisis permanente se puede transformar de caótica desdicha en agotador pesimismo o bien podernos aprender bajo la presión de los hechos y levantarnos más limpios, más humanos y más sabios.


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