Mi encuentro con la
serpiente

La comunidad espiritual, en la que viví un tiempo, en febrero de 1988, estaba en San Pablo, Brasil. Era realmente un lugar de amor y paz. Tardé en comprenderlo, pero no olvidé los aprendizajes. Después del encuentro con la serpiente, (encuentro que voy a contar y del cual tengo testigos, por suerte) comenzó en mi vida, un proceso de creación que no se detuvo nunca.

Antes de partir para la comunidad, todavía en Buenos Aires, me encontré con gente que recién llegaba de allí. Lo primero que pregunté fue: "¿Hay serpientes?", se rieron, por supuesto. Mi amiga (¡psicóloga al fin!) me dijo: —vos tenés serpientes en la cabeza. No me hizo gracia. La realidad se encargó de demostrarle que no era así. En la comunidad había reglas de convivencia que debíamos respetar: los horarios de meditación, trabajo, descanso y comidas. Se trataba de acompasarnos a través del ritmo del tiempo y las tareas, y lograr una sintonía común. Movernos, trabajar, meditar... todos al mismo tiempo, la pequeña población de 60 personas lograba así una frecuencia común. De ese modo, la telepatía era frecuente, y casi natural. No me atrevería a afirmarlo si no lo hubiera vivido, pero de eso hablaré en otro relato.

Nos levantábamos todos los días antes de las 5 de la mañana para meditar juntos. Antes, había que ventilar el cuarto, deshacer y hacer la cama, limpiar el baño común después de usarlo y dejar todo en orden. Yo lo hacía, (protestando bajito porque tenía sueño), pero lo hacía.

No debíamos parlotear tonterías o chusmear. Yo no tenía ganas de hablar con nadie, estaba triste por la muerte de mi madre, y me ponía de malhumor tanta felicidad alrededor mío. El cambio de horarios, la alimentación, la ausencia de teléfono, radio, televisión, el contacto total con la naturaleza, producían en mí una considerable conmoción y confusión.

Después de la meditación, algunos compañeros ya habían preparado el desayuno. Casi todos los alimentos, producidos en la comunidad, estaban sobre la mesa. Pan casero, manteca, dulces, huevos, frutas y te con hierbas de la huerta. Antes de cada comida nos tomábamos de las manos, en ronda alrededor de la mesa y agradecíamos lo que estábamos recibiendo. Comíamos en silencio, lentamente. Ordenábamos el comedor entre todos y después se repartían las tareas.

El paisaje era tropical. Palmeras y árboles unidos por enredaderas sin fin. Abajo un lago como un espejo verde y misterioso, hundido en el silencio de una enorme belleza. Un lugar ideal. En la selva todo se multiplica. El ruido de los truenos con su eco era profundo y parecía interminable por la noche. Las lluvias eran generosas y cortas, con lo cual los olores se acentuaban y las luces cambiaban. La comunidad estaba emplazada en la ladera de la montaña. La vegetación y los animales eran selváticos.

Estábamos en otro mundo que nos confrontaba, de un modo único, con nosotros mismos. ¿Sería por eso que me quería ir? No podía dejar de pensar en: irme, irme, irme, hasta que pasó... ¡el encuentro con la serpiente! Ese encuentro marca un antes y un después en mi vida: Eran las 3 de la tarde, horario de descanso. Una amiga y yo caminábamos por los senderos del jardín. Otros compañeros estaban por ahí dando vueltas. El lugar era paradisíaco, ¡sí! pero no tanto, como para toparme con una serpiente. Sin embargo, las cosas pasan.

Caminábamos tranquilamente, cuando sentí algo raro en los tobillos que no me dejaba avanzar. Grité, mi amiga vio de qué se trataba y gritó también. Los otros compañeros enseguida se acercaron y gritaban. Grité y salté, eso fue todo lo que hice. Algo blando, elástico pero muy, muy fuerte me agarraba con firmeza los tobillos. Algo redondo, blando, casi frío: ¡una serpiente! Vi las caras de estupor de los que miraban la escena asombrados. Fueron segundos quizás, no lo sé, pero ese contacto y ese hecho son inolvidables. Recuerdo mi salto y mi grito. La serpiente se desprendió y se fue. Nunca la vi, la vieron los otros, yo la sentí. Con mucha fuerza, la serpiente hizo un 8 alrededor de mis tobillos. En ese momento creí entender algo. Creí recibir, entender un mensaje. ¡Quedate, no te vayas! La serpiente me detenía, no me permitía avanzar. Debía quedarme, sí, era muy fuerte.

No sabía porqué ni para qué debía quedarme, pero algo importante pasaba. Así lo consideraron los otros compañeros también. Convocaron a una asamblea para esa misma noche: la comunidad toda se reunió para hablar de mi encuentro con la serpiente.

Nos reunimos. Mis compañeros me preguntaron cómo estaba, cómo había estado. Debía decirles la verdad, el momento era importante para todos y la verdad siempre es liberadora. Les dije que había llegado sintiéndome mal, mi madre había muerto de repente y quería irme, pensaba casi todo el tiempo que quería irme a mi casa. Les dije que ellos me parecían falsos, que no les creía para nada todo ese amor que sentían todo el tiempo, ni les creía la alegría y la bondad que fluía por la comunidad.

Me escuchaban interesados, respetuosos, algunos me sonreían. Les dije que me quería ir, pero había entendido el mensaje de la serpiente, que me quedara.

Una compañera, se detuvo a observar que no había visto en mí la menor agresión hacia la serpiente, y que ese salto real que había dado, correspondía, seguramente, a otro salto interior, espiritual que habría dado y se vería luego. No me daba cuenta de eso todavía. Me sorprendió el asunto de la no agresión... pero sí, era cierto.

Mis compañeros estuvieron de acuerdo en que debía quedarme. Me dijeron que habían escuchado con amor y simpatía eso que yo les decía acerca de la falsedad. Ninguno pareció molestarse ni ofenderse, entendieron que yo contaba lo que me pasaba a mí. Me sentí rodeada, querida, con gran aceptación y simpatía de ellos hacia mí.

Otra compañera agregó algo muy interesante: me preguntó si mi madre le tenía miedo o rechazo a los animales. ¡Sí! dije enseguida, mi madre tenía un gran rechazo por los animales. Esa compañera, dijo que mi madre me había dejado, (entre otras), esa tarea. Ella me dejaba como herencia lo que había quedado sin resolver en su vida y esa era mi oportunidad de hacer algo con eso. Irme en ese momento de la comunidad era patear el problema para más adelante y así fue: a partir de ese momento, por azar, tuve una cantidad de encuentros con animales, y entre todos me ayudaron, para llevarme lo mejor posible con esas criaturas.

También era importante, para mí, reconocer y comprender las tareas que dejó mi madre sin resolver.

En cuanto a los animales, me encontré con un mono enorme con el que tuve que hablar, también me encontré una rana en mi cama, y un ratón. Aprendí a relajarme, no temer, y de ese modo, disminuir la tensión que me producían los animales. Mirarlos, hablarles. Criaturas.

A partir de la serpiente, mejoró mucho mi depresión. Empecé a reconocerme como parte de la comunidad. Los aprendizajes se multiplicaron y persisten, por eso los cuento.

A partir de la serpiente, a los pocos días, comencé a escribir, aprendí a tejer con un telar, me di cuenta de lo feliz que me hace el proceso creador de cualquier obra. La necesidad de ser libre, gritar y saltar, sin agredir.

El reconocimiento del Otro, y la práctica activa y permanente del respeto, estaba en todos nosotros, hasta en los mínimos detalles. Esa experiencia y ese aprendizaje son imborrables.

Noviembre de 2008

Liliana Mizrahi

Es psicóloga clínica especializada en Psicoterapias de adultos y adolescentes en encuadres individuales y grupales; diseño de terapias vinculares, de pareja y familia; y coordinación de talleres vivenciales y de reflexión.

pachami.com/LilianaMizrahi

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Comentarios  
R. Esther Moro
8 de enero de 2009
Este lugar tiene que ser Figueiras. me dije y mas arriba en los mensajes , leo que es. Que afortunada por haber llegado a es lugary por ese encuentro con la serpiente, la curadora, la sabia , la que de tanto arrastrarse por la tierra, por oposición conoce los misterios del cielo.
MARTA GARBER
24 de diciembre de 2008
TE ACORDAS QUE LLEVASTE sabanas con dibujos de animales?Me acuerdo de la serpiente y tambien de las acelgas deprimidas.Estuve en Figueiras hace 4 anios,y ahora pienso ir de nuevo,queres ir? feliz anio Nuevo, te quiero como siempre,Pasamos momentos inolvidables juntas,Marta desde Tierra Santa
Mary N
19 de noviembre de 2008
Gracias por compartir sus experiencias. Y por enseñarnos que de cada situación podemos tomar el mensaje y aprender algo nuevo.

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