Adulto ¿dónde estás?  Por Liliana Mizrahi
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La sociedad mundial atraviesa una profunda crisis de valores. Crisis social, cultural, económica, religiosa y política que compromete a los adultos, y sobre todo a los adolescentes. Los cambios sociales y culturales son amplios y profundos, y están sucediéndose con una velocidad vertiginosa en las últimas décadas.

Por ejemplo: las tensiones por la inseguridad social nos presionan de tal modo, que nos pueden, peligrosamente, dejar sin las respuestas adecuadas que necesitan los jóvenes. Es un mundo desbordado de tecnología, inseguridad, violencia y temores.

Los adultos fueron expropiados. Están despojados de la autoridad tradicional que tenían de acuerdo a los roles que ejercían como padres, madres, maestros, profesores, sacerdotes... A su vez, el mismo adulto vacilante, ya no cree en su propia autoridad. “No se la cree”. No convence a nadie porque no está convencido de su autoridad.

Vive la decepción y el duelo frente al modelo de sus propios padres, y no tiene ni la certeza ni la firmeza, que podrían servirle al joven, para enriquecer su desarrollo y fortalecer su identidad. El adulto de antes, cuya palabra era ley, casi no está ¿o está en vías de extinción?

Es peor aún. La adolescencia se ha convertido en un modelo que muchos adultos quieren y necesitan imitar con la ilusión de mantenerse jóvenes. Muchos adultos son adolescentes tardíos. Adolescentes, con padres adolescentes, que se identifican con ellos y los copian.

La escena está invertida. La escena es loca, está dada vuelta. Los padres (adolescentes tardíos) imitan los gestos de sus hijos. Se “apendejan”. Copian la vestimenta, sus códigos de comunicación, su lenguaje, escuchan su música y aprenden sus bailes, celebran sus transgresiones, minimizan algunas conductas que rozan lo delictivo, prueban sus bebidas energizantes. Intentan convertirse en pares, amigos, cómplices. Los jóvenes, que necesitan padres maduros, están en banda (no todos, pero sí muchos).

El adolescente así, se queda sin el adulto con el que necesita confrontarse, y desplaza la confrontación a otras áreas, la escuela, la calle. Padres / madres e hijos/as parecen y están uniformados y creen que pertenecen al mismo rebaño.

Así es, cómo se quiebran las barreras y se pierde la distancia entre las generaciones. Este es un punto en el que vale la pena detenerse: la pérdida de distancia generacional.

El adolescente no tiene de quién discriminarse ni con quién identificarse. El padre /madre /adulto borraron los límites, minimizaron la brecha generacional. Los jóvenes buscan entonces, nuevas formas de diferenciación para, de ese modo desarrollar su propia fuerza, y su potencia para construir su identidad, que a veces termina siendo una identidad por la negativa.

Estas formas de diferenciación pueden llegar a ser auto-destructivas, o bien la agresión puede estar dirigida o desplazada a otros adultos, o a sus pares. El gran tema de ellos pasa por diferenciarse de los “viejos”.

Para eso recurren a conductas violentas, gestos agresivos, desafíos violentos, hurtos, experimentación de drogas, consumo excesivo de alcohol en mezclas explosivas, piercings en cualquier lugar del cuerpo, tatuajes, accidentes, deportes de riesgo, sexualidad de riesgo, fracasos escolares, depresiones, cualquier cosa con tal de no parecerse a los adultos.

El verdadero riesgo para ellos es la mimetización con sus viejos y la obediencia a pautas que todavía ni han cuestionado. Muchos padres rechazan su condición de tales, cuando sus hijos llegan a adolescentes.

Buscan formas encubiertas de renuncia (en forma conciente o no), a la tarea, al proceso y al compromiso con la crisis adolescente de sus hijos. ¿Porqué lo hacen? Por inseguridad, por miedo, por comodidad, por inmadurez, por irresponsabilidad, porque así piensan que son modernos y no se parecen a sus propios padres, sus viejos. Creen que le dan libertad al joven cuando, en realidad lo están abandonando.

Los sueltan, los dejan a merced de ellos mismos. Es abandono literal. Los adultos prefieren pensar que el joven tiene que elegir, tiene que aprender a elegir, porque es libre, tiene que saber qué quiere y a qué se expone, o bien, piensan que ya van a aprender. Mientras tanto, el joven en crecimiento queda a la deriva, sin acompañamiento ni conducción, suelto, en banda, desconcertado y violento. Y muchas veces, boyando o varado. Su crecimiento se detiene, es un ser hipotecado.

Los adultos, incluyendo a los docentes, están debilitados. No pueden contener el ímpetu juvenil. No quieren repetir los errores de sus propios padres y quedan capturados en su propia ambivalencia con respecto a ellos mismos, a su propia adolescencia y a los jóvenes que tienen a su cargo. Están presos en sus contradicciones, y también en su miedo a envejecer en una cultura que adora lo joven.

No son un sostén, ni tampoco un marco de contención, y a veces, ni una referencia moral en la que el adolescente pueda apoyarse, sostenerse, confiar en que la autoridad del adulto va a estar presente para atajarlo cuando sea necesario. No es así.

Hoy en día ¿qué es ser adulto? No está claro.

AAdulto, adultoooo... ¿dónde estás?

Abril de 2008

 



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